La noche que inventó Pablo Lecueder y la mañana que nos toca inventar a nosotros
A veces una fiesta se reconoce por lo que ocurre mientras dura: las luces, los zapatos que vuelven a la pista, el abrazo que llega después de muchos años, la canción que todo el mundo sabe aunque nadie recuerde exactamente dónde la escuchó por primera vez. La Noche de la Nostalgia también se reconoce por lo que sucede antes y después.
Antes, están las peluquerías llenas, la ropa elegida con una mezcla de ironía y cariño, el maquillaje, las reservas, las cenas, las mesas que se arman entre amigos, las parejas que prometen salir “aunque sea un rato”, los hijos que acompañan a sus padres y los padres que descubren que sus hijos también conocen aquellas canciones.
Hay locales con propuestas distintas, fiestas temáticas, cenas show, bailes, reuniones pequeñas y gente que decide quedarse en casa con una radio encendida.
Después, queda el feriado del 25 de agosto, el cuerpo cansado, la ropa que todavía huele a noche y una pregunta más silenciosa: ¿Qué hacemos con todo lo que recordamos cuando la música se apaga?
Todo empezó con una idea sencilla y bastante arriesgada
Pablo Lecueder no estaba intentando crear una tradición nacional. En 1978 tenía 20 años y ya estaba profundamente ligado a la radio y a la música. Según recordó en entrevistas, había comenzado a trabajar desde muy joven con el programa Old Hits en Radio Panamericana y, para entonces, dirigía Radiomundo.
La idea fue llevar a un boliche la música que sonaba en aquel espacio: una noche de canciones de otras épocas, pensada para promocionar el programa y reunir a quienes disfrutaban de esos viejos éxitos.
Primero quiso alquilar Zum Zum, uno de los lugares de moda, pero no pudo. El lugar disponible fue Ton Ton Metek, en la zona de los lagos de Carrasco. La víspera de un feriado era una fecha posible porque el local no se alquilaba con facilidad para una noche cualquiera.
Lecueder miró el calendario, vio que el próximo feriado era el 25 de agosto y eligió el 24. La relación entre la fecha y la fiesta, que hoy parece inevitable, comenzó casi por azar.
El nombre también nació en ese momento. Lecueder ha contado que lo escribió a lápiz, en un cuaderno cuadriculado: “La noche de la nostalgia”. No era un nombre liviano. Traía consigo la idea de pérdida, de tiempo pasado, de algo que se extraña. Sin embargo, funcionó.
La primera fiesta llenó el lugar. Hubo música, sorteos, efectos, humor y mucho trabajo. En otra entrevista, Lecueder recordó que la organización fue “a pulmón”: incluso el equipo de la radio tuvo que turnarse para inflar los elementos decorativos de la entrada porque no tenían un inflador. La escena tiene algo de fundacional porque muestra que las grandes costumbres no siempre nacen con grandes presupuestos. A veces empiezan con una radio, una pista, una idea que parece obvia y un grupo de personas dispuestas a hacerla posible.
La gente preguntó cuándo se repetía. Se repitió al año siguiente en Ton Ton, luego pasó por Lancelot y más adelante llegó a celebrarse en distintos lugares en simultáneo. Lecueder recuerda haber visto carpas, calles cortadas y locales repletos; también recuerda el momento en que comprendió que la fiesta ya no era solamente de la radio. Se había multiplicado por el país. Había dejado de ser una propiedad de quienes la habían organizado para convertirse, en sus palabras, en una celebración de los uruguayos.
De una pista de baile a una costumbre compartida
La Noche de la Nostalgia fue creciendo porque tenía una combinación difícil de fabricar: una fecha fija, una noche libre al día siguiente, una banda sonora reconocible y una invitación abierta a distintas edades. No exige haber nacido en una década determinada. Una persona puede extrañar la música de su adolescencia; otra puede haberla conocido por sus padres; una tercera puede enamorarse de una canción décadas después de su estreno.
Con los años, la celebración se convirtió en una especie de calendario emocional. El 24 de agosto no solo convoca a quienes quieren bailar. Convoca a quienes quieren volver a verse, vestirse de otra manera, recordar a alguien, salir de la rutina, sentirse jóvenes por unas horas o simplemente comprobar que todavía hay una canción capaz de reunir a una mesa entera.
En 2004, el Estado uruguayo incorporó la denominación al calendario legal mediante la Ley N.º 17.825. Su primer artículo llama “Noche de la Nostalgia” a la noche del 24 de agosto de cada año. El segundo establece que el Ministerio de Turismo debe incluirla en los eventos de carácter turístico y promocionarla en el exterior. A partir de allí, una costumbre que había crecido desde la radio también quedó reconocida como parte de la imagen turística del país.
Pero una ley no explica por sí sola el afecto. La ley puede fijar una fecha; no puede obligar a que una canción signifique algo. Eso lo hacen las personas, cada una con su historia.
Lo que se mueve cuando Uruguay “sale a nostalgiar”
En la Noche de la Nostalgia se mueven los locales, los equipos de sonido, los restaurantes, los taxis, los ómnibus, los servicios de seguridad, los organizadores, los músicos, los fotógrafos y quienes trabajan durante la madrugada. También se mueve algo menos visible: la disposición de las personas a encontrarse.
Se llenan las peluquerías porque la noche no es solamente una salida; es una escena en la que cada uno prepara una versión de sí mismo. Aparecen propuestas diferentes porque no todos recuerdan del mismo modo. Hay quien quiere una pista de disco, quien busca rock, quien prefiere una cena, quien escucha desde su casa, quien necesita una celebración tranquila y quien se anima a salir después de mucho tiempo. La diversidad de propuestas no es un detalle comercial: demuestra que la nostalgia nunca fue una sola canción ni una sola edad.
En Montevideo, la planificación oficial de 2026 muestra la dimensión organizativa que alcanzó la fecha. La Intendencia informó solicitudes de permisos para espectáculos, controles en locales bailables y un operativo de tránsito con inspectores, choferes, policías y Unasev. En Maldonado, el balance primario del 25 de agosto registró actividad en cientos de establecimientos habilitados, controles de alcohol y THC, inspecciones al transporte y atención de siniestros y denuncias por ruidos. En 2020, además, el Ministerio de Turismo acompañó campañas del Ministerio de Salud Pública y de la Junta Nacional de Drogas para adaptar la celebración al contexto sanitario y promover el cuidado, una muestra de que la fiesta también forma parte de las conversaciones públicas sobre responsabilidad.
Estos datos no son un sermón. Son la parte concreta de una noche que suele contarse con lentejuelas, discos y recuerdos. Una celebración de esta escala también necesita que las personas puedan volver. La diversión no termina cuando se apaga el último tema; termina cuando el encuentro puede continuar al día siguiente.
Por qué una canción puede devolvernos una vida entera
La nostalgia no es solamente “acordarse de algo”. En psicología se la entiende como una emoción compleja: suele mezclar calidez, afecto y alegría con una cuota de tristeza o añoranza. No es una emoción puramente feliz ni puramente dolorosa. Es agridulce porque recuerda algo valioso y, al mismo tiempo, confirma que ese momento ya no está exactamente como antes.
Una canción puede actuar como una puerta hacia la memoria autobiográfica. No nos devuelve el pasado de manera literal; nos devuelve una escena, una persona, un olor, una calle, una edad, una conversación, una posibilidad de quienes fuimos. La música no solo suena: puede organizar el tiempo personal. Por eso una misma canción puede hacer bailar a una persona y dejar a otra en silencio. El tema es el mismo; la historia que se activa, no.
La investigación psicológica ha encontrado que la nostalgia puede fortalecer la sensación de pertenencia y conexión social, favorecer una continuidad entre el pasado y el presente y aportar sentido a la propia vida. En términos sencillos: recordar una versión anterior de nosotros mismos, rodeada de personas importantes, puede ayudarnos a sentir que no somos una suma de capítulos sueltos. Hay un hilo, aunque el hilo se haya tensado.
Esa conexión puede ser especialmente significativa cuando alguien se siente solo. Un estudio experimental y correlacional sobre nostalgia y soledad encontró que la nostalgia puede atenuar pensamientos negativos sobre la propia capacidad de vincularse y fortalecer intenciones de acercamiento social. El hallazgo no significa que una canción cure la soledad ni que una fiesta reemplace una red de apoyo; significa que un recuerdo querido puede funcionar, en algunas circunstancias, como una pequeña energía para volver a acercarse.
La diferencia es importante. La música puede acompañar un proceso; no tiene que cargar con la obligación de resolverlo. No cura por sí sola una depresión, no reemplaza una consulta psicológica, no termina un duelo y no devuelve a quien murió o se fue. Puede ofrecer un puente, una conversación, una respiración, una forma de decir “te recuerdo”. Y a veces eso ya es mucho, siempre que no se lo confunda con una solución total.
No todas las personas llegan a la fiesta con el mismo corazón
Mientras una pareja baila el tema que escuchaba cuando se conoció, alguien puede estar pensando en una pareja que ya no está. Mientras una familia se fotografía con ropa retro, otra persona puede mirar el teléfono esperando un mensaje que no llegará. Mientras un grupo celebra que sigue unido desde el liceo, alguien puede recordar a la amiga que murió, al familiar que emigró, al padre que ya no reconoce las canciones o a la propia juventud como una habitación a la que no se puede entrar.
Por eso humanizar la nostalgia no es decir que todo es hermoso. Es permitir que convivan la alegría y la pérdida. Es entender que el mismo 24 de agosto puede ser una noche de reencuentro para algunos y un espejo difícil para otros. También puede ser ambas cosas para la misma persona, incluso dentro de la misma canción.
La investigación contemporánea dejó atrás la vieja idea de que la nostalgia fuera, en sí misma, una enfermedad. Hoy se la estudia como una emoción predominantemente positiva, aunque ambivalente y dependiente del contexto. Pero también existe una advertencia: cuando la mirada hacia atrás se vuelve una comparación permanente con el presente, una rumiación o una forma de no participar de la vida actual, puede dejar de cuidar y empezar a encerrar.
La pregunta no es si debemos recordar. La pregunta es qué hacemos después de recordar.
El día después: la verdadera prueba de la nostalgia
El 25 de agosto es el momento en que la fiesta deja de ser una promesa y se vuelve consecuencia. Hay cansancio, fotos, mensajes, historias repetidas y quizás una tristeza difícil de nombrar. A algunas personas les ocurre una especie de bajada emocional después de una noche intensa; otras despiertan agradecidas; otras descubren que habían salido para no pensar y que los recuerdos igualmente las esperaban en casa.
No hay que transformar esa mañana en un examen de felicidad. No es necesario demostrar que la noche fue inolvidable. Tampoco es necesario obligarse a estar bien porque los demás publicaron fotografías sonriendo. Una noche social no mide el valor de una vida, y una persona que no salió no quedó fuera de la experiencia colectiva. Hay quienes celebran bailando y quienes celebran sobrevivir a una fecha sensible sin hacerse daño.
El día después propone una tarea menos espectacular y más profunda: llevar algo del recuerdo al presente. Llamar a la persona con la que compartimos una canción. Preguntar a un padre o a una madre qué escuchaban antes de que nosotros naciéramos. Preparar una comida que recuerde a alguien. Volver a una plaza, un barrio o una costumbre, pero no para fingir que el tiempo no pasó: para reconocer que pasó y que nosotros también cambiamos.
Pablo Lecueder ha señalado que la nostalgia de cada generación se mueve con el tiempo. Lo que hoy es música actual mañana puede convertirse en música de recuerdo. Esa observación guarda una verdad sencilla: nadie puede congelar la nostalgia en los años sesenta, setenta u ochenta, porque cada generación construye sus propios lugares, personas y canciones significativas.
Avanzar no implica traicionar lo vivido. No se avanza borrando. Se avanza cuando el recuerdo deja de ser una orden de regreso y se convierte en una fuente de orientación.
Recordar para agradecer; agradecer para continuar
Tal vez la Noche de la Nostalgia no nos enseña a volver. Tal vez nos enseña a visitar. Visitamos una edad, una canción, un amor, una amistad, una casa, una versión de nosotros mismos. Entramos por unos minutos y salimos con algo que antes no teníamos: la certeza de que esa historia existió.
La psicología describe la continuidad personal como la sensación de conexión entre quienes fuimos y quienes somos. Esa continuidad no significa ser iguales. Significa poder mirar al pasado y reconocer que, aunque cambiamos, hay algo que aprendió, resistió, amó o pudo seguir. La nostalgia puede colaborar con esa mirada cuando se transforma en gratitud y en vínculo.
Por eso la música importa tanto para una radio. Una radio no solo selecciona canciones: ofrece compañía en el momento exacto en que una persona necesita que alguien le ponga palabras a lo que siente.
Estudio Once puede ocupar allí un lugar valioso, siempre que no use la emoción para empujar a la gente hacia una idealización del pasado, sino para abrir conversaciones sobre el presente.
Podemos recordar a quienes fuimos sin despreciar a quienes somos. Podemos extrañar sin abandonar el hoy. Podemos reconocer que hubo tiempos hermosos sin concluir que todo lo bueno terminó. Podemos hablar de depresión, soledad, abandono, olvido, pérdidas y duelos sin convertir a nadie en un diagnóstico ni ofrecer respuestas fáciles.
La Noche de la Nostalgia fue una idea que Pablo Lecueder escribió en un cuaderno y que el país convirtió en tradición. Casi medio siglo después, la historia ya no depende de una sola radio, un solo boliche ni una sola generación. Es de todos quienes alguna vez escucharon una canción y sintieron que alguien, en algún lugar del tiempo, les estaba hablando.
Pero la canción termina. La luz vuelve. El feriado avanza. La persona que amamos está aquí —o no está—, la casa necesita ser habitada, el cuerpo necesita descanso y el futuro, aunque dé miedo, sigue abierto.
Recordar es una forma de honrar la vida. Continuar también.
Si anoche una canción te llevó a un lugar querido, quédate un momento allí, agradece la visita y después vuelve. El pasado puede ser una canción de compañía; el presente sigue siendo el lugar donde podemos llamar, abrazar, pedir ayuda, crear algo nuevo y seguir viviendo.
Estudio Once radio - 25 de Agosto 2026