Cuando se va la luz, se encienden las verdaderas necesidades

Un apagón histórico en la frontera nos dejó a oscuras durante cinco días, pero nos iluminó una realidad incómoda.
Hace 33 minutos Estudio Once Radio

Entre torres de alta tensión caídas, la furia de la naturaleza y la histeria de las redes sociales, surge una pregunta urgente: ¿Qué tan preparados estamos para sobrevivir a nosotros mismos cuando se apagan las pantallas?

¿Hola, cómo están?

Va a parecer un tanto raro este artículo, que por cierto viene demorado. Hace días que no estaba en contacto con ustedes, y en buena parte, la explicación de ese silencio vendrá a continuación.

No voy a empezar con las mismas historias de mi infancia —aunque irremediablemente uno nunca logra desligar del todo una cosa de la otra—, pero lo haré general. En estos días he charlado con mucha gente y he leído a otros tantos; desde aquellos que, como siempre, lanzan sus bombas escritas en los comentarios de las redes, hasta quienes, con mucha mesura y madurez, han realizado editoriales de una altísima calidez humana, al menos para mí.

Bueno. Vamos a los hechos.

Durante esta semana, en esta región que ustedes saben es el límite entre nuestro Uruguay (Rocha-Chuy) y la parte más al sur del territorio de Brasil, una brutal tempestad terminó con la caída de 27 torres de alta tensión. Un colapso estructural que cortó de raíz el suministro de energía a buena parte de las ciudades limítrofes.

Durante cinco días (y ustedes dirán:"¿Cinco días? ¿Y qué?"), la única radio posible era la que llevaba pilas y tenía esa antena extensible que hoy parece casi una reliquia. Alguna vela y esas luces modernas solares (agradeciendo que el sol, por suerte, brilló esos cinco días) fueron nuestra única compañía.

En comparación a muchos hechos trágicos de nuestro continente, tendrían toda la razón si me dijeran:"Escúchame, ridículo… ¿qué son cinco días al lado de meses sin energía, de terremotos, inundaciones y acontecimientos climáticos extremos que ocurren y siguen ocurriendo?".
Tienen razón. Pido disculpas si el simple hecho de comenzar relatándolo así parece exagerado, pero intentaré ir por el camino que siempre elijo: entender el mundo que nos rodea y preguntarnos quiénes necesitamos ser para volvernos más empáticos, más realistas y, ante todo,más cuidadosos con la naturaleza.


La escuela del mechero y el telegrama

Parece un enunciado demasiado poético, pero vamos a intentarlo.
Hace no muchos años, muchas personas en lo que en Uruguay llamamos "campaña" —y que ahora los modernos llaman "interior profundo"— criaron a sus hijos bajo la luz de un mechero. Un invento casero hecho con un frasco mediano de remedios, una tapita de Coca-Cola perforada y un trapito que hacía las veces de mecha, embebido en el queroseno que encendía esa llama superior y duraba horas.

Muchos, a lo mejor, no solo vivieron, sino que estudiaban a la luz de esos mecheros o candiles, llámenle como quieran. Se prendían a las seis o siete de la tarde, hasta las diez de la noche como mucho, hora en la que uno de los padres se limitaba a soplar la llama bajo el susurro de un "hasta mañana".

Claro, no había internet. No había redes sociales para scrollear compulsivamente hasta la una de la madrugada buscando calmar la ansiedad, ni había juegos en línea. Todo eso llegaría mucho después. En aquel entonces, la imaginación te pintaba un mundo exterior siempre y cuando leyeras algún libro.

Al otro día, seguramente llegaría el sol. Si era fin de semana, tocaba alguna corrida al frente, porque seguro alguno de tus amigos traería una pelota para jugar. Si era día de semana, ya estabas arreglando el bolso para ir a la escuela. Y si llegaba algún familiar de lejos, los telegramas que escuchabas a las nueve en la radio local (am claro)  seguramente te daban la buena nueva leído mas o menos así :"ATENCIÓN JUAN PÉREZ. LLEGA SONIA EN COCHE DE LAS 14. LLEVA BOLSO PESADO, ESPERAR".

Sí, sí, ya sé. Ahora empieza el debate y los que con mucho "tino" dirán:
—Ta, ¿y qué? ¿Queres volver a vivir en la época de los dinosaurios? Esos estaban peor, ¿no?
—¿Y qué tiene que ver eso ahora? Ahora hay internet y WhatsApp.
—Papá, estás atrasado, ya tenemos Inteligencia Artificial con ayuda asistida y coches eléctricos que pronto vuelan...
—¿Estás perdido, amigo? ¿Qué me importa lo que pasó antes?


La fragilidad de nuestro mundo enchufado

Tienen razón. Todos. Pero, ¿saben qué pasa cuando se terminan los servicios? Por ejemplo, el más vital de todos, que es la electricidad. Hoy mismo:

  • Por supuesto, no tienes luz.


  • No tienes internet.
  • Seguramente veas comprometido el suministro de agua.
  • La seguridad cambia drásticamente a un nivel de alerta superior.
  • Tus tiempos ya dejan de ser los mismos, porque ni siquiera avisar podes.

Y si estás enfermo, o tienes a alguien enfermo en casa… ni te cuento la desesperación.

Psicológicamente, un apagón hoy nos desnuda. Nos quita de golpe la armadura digital y nos enfrenta a nuestra propia vulnerabilidad.

¿Entienden por dónde voy, verdad?

¿Qué tan preparados estamos para lidiar con nosotros mismos y con nuestras propias limitantes cuando se apaga la pantalla?

Les pido que, cuando puedan, entren a estos enlaces y miren los videos:



https://www.facebook.com/reel/1061399016304498

https://www.facebook.com/reel/1989026005137151

https://www.facebook.com/share/v/1EKeqUP4hM/

https://www.facebook.com/share/p/1FuHvJgFqZ/


¿Entienden la magnitud de un hecho que está ocasionado por un evento de la naturaleza?
Sabemos, y reitero, que es la nada misma al lado de otros eventos que hoy mismo estamos viendo en ciudades como Colombia, hace muy poco en Venezuela, y si nos vamos más lejos, en Indonesia, ya con muchos muertos. Pero entiendan, antes que nada, la necesidad de que nos preparemos más individualmente.


Los héroes anónimos y la queja virtual

Por sobre todas las cosas, debemos RESPETAR EL TRABAJO de tanta gente que de forma anónima (porque no aparecen en las redes sociales con nombre y apellido buscando un "Me gusta") aportan su capacidad profesional. Muchos hasta van como voluntarios para hacer que aquellos que vieron su casa destruida, o que no tienen servicios, puedan sobrellevar el momento.

Sí, ya sé, falta el que diga"les pagan para eso". Es como si estuviera viendo los comentarios (aunque por suerte últimamente la cosa parece madurar un poco).

No, amigo/a , no les pagan "para eso". Les pagan para cumplir un trabajo para el cual se prepararon, como médicos, bomberos, rescatistas o técnicos en las alturas. Pero no les pagan para que los demás desde un teclado les exijan a niveles a veces inmaduros, soberbios e incoherentes.


Mirando informaciones, el resumen es este:


"Las coberturas periodísticas sobre el colapso de las torres de transmisión en la Lagoa Mirim detallaron pérdidas económicas de casi R$ 7 millones en el comercio local y el impacto humano de más de cinco días sin suministro eléctrico. El debate público se intensificó al cuestionarse la paradoja de que una región clave en generación eólica quedara desprovista de energía, y por la polarización política en redes sociales respecto a la gestión del servicio".

"La vuelta temporal de la luz no puede convertirse en un alivio que oculte la desidia estructural. Exigir inversiones reales y robustas a las empresas prestatarias ya no es una petición, es un imperativo democrático para que la dignidad y la luz no dependan de la suerte o del clima".


Polarización… ¿Les suena?

Vi tanta pavada escrita… ¡Tanta! Resulta que un viento de 130 km/h que arrasa torres de alta tensión colocadas en el medio de un lago (al cual se accede por aire, o con las patitas en el agua mientras la marea sube) es culpa de Lula, de Bolsonaro, de Uruguay que no usa los molinos, de Dios, o del Diablo.

¡Basta, muchachos, basta! ¿Podemos ensayar alguna vez la empatía y darnos cuenta de una vez que no vivimos los mismos tiempos? Que el Niño, la Niña, Godzilla y todo lo demás es una realidad climática que la tenemos encima en todo el planeta. No me voy a poner a ensayar análisis sociológicos o científicos sobre si la culpa es del hombre, de los plásticos del océano y el descuido brutal que ya sabemos que existe por parte de empresas dedicadas a la minería, las armas y otras yerbas. Para eso hay profesionales que lo hacen muy bien y a los cuales podrán recurrir ustedes mismos.

Lo que sí es real, es que mientras ustedes saltan en sus motos y vehículos 4x4 de miles de dólares por las dunas, arrasando con todo a su paso, solo por la emanación de adrenalina acompañada de dopamina y endorfinas (por un ratito nomás, eh)… la naturaleza luego les devuelve todo.

Bajo a la playa todos los días. Veo cosas que realmente no las entiendo: el mar comiéndose la arena costera, espuma, árboles arrancados, suciedad… y siempre aparece algún "nabo" (hago alusión a la frase de un conocido político de mi país porque me parece gráfica y válida, aunque la pobre hortaliza no se merece el agravio) con su auto o camioneta a 130 km/h, girando en U, dando vueltas para dejar marcadas sus ruedas. Se ve que piensa que es una obra rupestre que quedará para la eternidad. ¿Todo para qué? Solo para impresionar a su pareja y a veces ni siquiera eso. Solo por el placer efímero de destruir.


Volver a la raíz cuando se apaga todo

No es fácil. Tampoco es fácil entender a la gente que, desesperada por no poder prender su tele, su teléfono o el artefacto moderno de la casa, arremete y putea contra todo lo que se mueve.

Es evidente que los países, las instituciones y los gobiernos deben tomar precauciones y crear sistemas alternativos de contingencia, claro que sí. Pero también las personas debemos saber que el mundo cambió, que la naturaleza no para, y que, dentro de nuestras posibilidades, debemos ir creando también nuestro propio plan. Claro, todo cuesta, pero leído en un contexto global de emergencias, tratemos de fortalecer lo que corresponda en nuestras casas.

Y ni hablar de empatizar con las instituciones y sus trabajadores, que muchísimas veces hacen lo que pueden, con lo que tienen, en cualquier parte del mundo.

Vuelvo al principio de todo esto: nada es tan viejo ni tan obsoleto, porque en la práctica, las bases humanas siguen siendo las mismas. Sin energía, se caen todos los algoritmos, las inteligencias perfectas y las miradas de aprobación de los demás en las redes.

Ustedes, por sí mismos, cada uno, son la mejor versión de los elementos de la naturaleza, y deben existir en armonía, cuidándose a sí mismos y a los demás. Vuelvan a sus raíces siempre. Lean un libro de vez en cuando. Prendan una vela, apaguen el celular y siéntense a pensar 10 minutos alguna vez… en lo que son, en lo que fueron, y sobre todo, HACIA DÓNDE VAN.

Escuchen la radio de su ciudad. Escuchen a su gente, lo que opinan, lo que sienten, sin comparar, sin medirlos por sus recursos económicos. Porque cuando todo se apaga y el mundo queda a oscuras... ellos siguen ahí. La radio a pila sigue ahí.

Todo lo demás son realidades virtuales que se mueven en base a criterios y opiniones fugaces, que muchas veces no aportan absolutamente ninguna estabilidad a una sociedad cada vez más fragmentada y ansiosa.

A lo mejor fui desordenado al escribir esto… pero ojalá entiendan por dónde quise ir.

Nos escuchamos a la tarde. Buen domingo para todos.


Jorge - Estudio Once

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