










Es la noche del viernes. Lo más fácil es tirarse en el sofá, agarrar el control remoto y pasarse una hora buscando algo para ver en las plataformas digitales hasta quedarse dormido.
Sin embargo, está pasando algo mágico: la gente está volviendo a salir. Las pequeñas salas de teatro independiente, esas de barrio, con butacas un poco gastadas y escenarios chicos, están llenando sus funciones.
¿Qué buscamos ahí? Buscamos el error humano, la respiración del actor a dos metros de distancia, la risa contagiada del desconocido que está sentado al lado nuestro. El teatro no tiene "pausa" ni "retroceder"; te obliga a estar cien por ciento presente en ese momento, apagando el celular.
Ver a un artista local dejarse el alma sobre las tablas nos reconecta con la empatía. Es un cable a tierra espectacular que nos recuerda que ninguna superproducción de Hollywood de millones de dólares puede igualar la energía de un ser humano contando una buena historia en vivo.