












La industria de la música comercial nos hizo creer que para tener éxito hoy en día hay que tener una coreografía de veinte bailarines, fuegos artificiales, auto-tune en la voz y un ritmo que reviente los parlantes del auto. Pero la audiencia es sabia y siempre busca el equilibrio.
Hoy estamos viendo un fenómeno bellísimo: cantautores, tanto jóvenes como leyendas de la vieja guardia, que se paran solos en el medio de un escenario gigantesco.
Una banqueta, un micrófono, una guitarra de madera y una historia bien contada. Y la gente... la gente hace un silencio sepulcral para escucharlos. Esto nos demuestra que la necesidad humana de que nos cuenten historias sigue intacta.
No necesitamos tanto ruido visual. A veces, una voz cálida cantando una letra con la que nos podemos sentir identificados, es todo el espectáculo que nuestra alma necesita para sentirse acompañada.