












Prendemos la televisión y vemos transferencias de jugadores por millones de euros, autos de lujo y estadios que parecen naves espaciales. Pero nosotros sabemos que la verdadera esencia del deporte no está ahí. La cuna de todo eso sigue estando en el club del barrio.
En esa canchita con los focos medio quemados, donde el viento pega fuerte y la cantina huele a café recién hecho en las mañanas heladas de domingo.
El club de barrio es una de las instituciones sociales más importantes que nos van quedando.
Ahí adentro, nuestros chiquilines aprenden cosas que no se enseñan en la escuela.
Aprenden a compartir una botella de agua, a abrazar al compañero que erró el penal, a respetar al rival y a entender que no siempre se gana, pero siempre hay revancha.
Los técnicos y los profes de esos clubes muchas veces terminan siendo psicólogos, padres postizos y salvavidas de pibes que, de no estar corriendo detrás de una pelota, estarían perdidos en la calle. Cuidemos nuestros clubes, paguemos la cuota social si podemos, vayamos a comprar la rifa.
Estamos salvando el futuro.