Hace mucho tiempo que vengo con ganas de hablar de esto.
De los propósitos, de lo que creemos que somos, de lo que queremos representar y del modo en que, sin darnos cuenta, terminamos calibrando nuestra identidad según lo que otros dicen, sienten o esperan.
Y ojo, no hablo solo de cariño o afecto, hablo del peso —a veces invisible— de la confirmación. Ese impulso interno que nos hace consultar:
—¿Me querés?
—¿Soy feliz?
—¿Qué me falta?
—¿Qué más necesito para sentirme “suficiente”?
Hace unos días, mirando una serie de Netflix que anda en todas las redes, escuché a la protagonista preguntarle a su terapeuta: “¿Vos me querés?”. Y ahí, sin buscarlo, me vino a la memoria la cantidad de personas —amigos, conocidos, oyentes, gurises, adultos— que viven midiendo su valor según el eco de las palabras de otro.
Personas que, por no encontrar su propio propósito, quedan atrapadas en un ida y vuelta eterno de validación externa. Y mientras tanto, su identidad queda suspendida, esperando una respuesta que nunca debería venir de afuera.
La era de las confirmaciones rápidasVivimos en tiempos donde es más fácil confiar en un desconocido que promete un “cero kilómetro en tres semanas” que en nuestro propio proceso interno.
Donde miles de adolescentes —y adultos también— se miden con realidades inventadas, filtradas, retocadas.
Veo personas buenas, de corazón enorme, atadas a pasados que ya no tienen nada para ofrecerles, pero que siguen ahí… no porque quieran, sino porque no saben quién serían sin ese dolor.
Y sí, claro que es un proceso.
Claro que cuesta.
Las palabras en boca ajena parecen livianas, pero cuando caen sobre nuestra alma, pesan toneladas.
Si algo aprendí en estos años al aire, hablando con cientos de historias distintas, es que nadie crece si no empieza a soltar los modelos viejos.
No hay forma.
No se puede construir un edificio nuevo sobre los cimientos rotos de la confirmación constante.
Yo siempre digo —en el programa, en la vida, donde sea— que hay que tender la mano, preguntar “¿cómo estás?”, ofrecer ayuda. Porque una palabra bien dada puede cambiarle el día a cualquiera. Y eso lo sostengo.
Pero también sé esto:
si dependemos únicamente de la aceptación pública, estamos fritos.
Y en tiempos donde las redes venden imágenes perfectas, rápidas, efímeras —para mí, pésimas— es muy fácil perder de vista lo esencial.
Muchos cargan historias duras, heridas viejas, silencios que todavía duelen.
Y no se trata de negar eso.
Se trata de entender que si no empezamos a escribir una historia nueva, seguiremos cuestionándonos eternamente:
—¿Quién soy?
—¿Para qué sirvo?
—¿Por qué vine?
Y esas preguntas, que parecen filosóficas, en realidad son humanas.
Cotidianas.
Reales en cada persona que intenta elegirse a sí misma.
Ganamos y perdemos.
Acertamos y fallamos.
Deconstruimos y volvemos a armar.
Pero si no nos damos un tiempo para mirar hacia adentro —de forma honesta— terminamos proyectando inseguridad mientras pedimos a gritos la aprobación que no supimos darnos.
La exigencia emocional: esa trampa silenciosaA veces las relaciones duran años y se desploman en semanas.
No porque alguien haya querido fallar, sino porque venimos aprendidos para exigirnos o exigir al otro de formas que no entendemos.
Y ahí aparece la culpa, esa palabra que pesa distinto en cada uno.
La culpa por no ser “suficiente”.
La culpa por no cumplir.
O la culpa más injusta de todas: la que viene cuando creemos que todo lo malo es responsabilidad nuestra.
Cuando en realidad —y esto es fundamental— el propósito no surge de la culpa, surge del amor propio.
Cuidarte primero no es egoísmo: es supervivencia emocionalEn Uruguay solemos pensar que cuidarnos primero es “de mala persona”.
Pero no:
cuidarte primero es ser responsable con la vida que tenes entre manos.
La paz interior no llega sola.
La seguridad tampoco.
Son decisiones pequeñas, diarias, íntimas.
Y sí, claro que las personas nos salvan.
Un abrazo puede cambiar una semana.
Una mirada sincera puede ordenar un mundo entero.
Pero también existe otra herramienta que no siempre usamos:
cambiar el “no puedo” por un “vamos a ver”.
Una frase simple, casi inocente… que escuche anoche en un programa
pero con la capacidad de abrir puertas que ni sabíamos que estaban ahí.
No voy a romantizar nada: hay momentos donde uno necesita ayuda profesional.
Un terapeuta, un psicólogo, un espacio seguro donde entender los porqués.
Y eso no es debilidad: es inteligencia emocional.
La fe —en lo que cada uno crea— también sostiene.
Los que ya no están, con su recuerdo y sus palabras, pueden ser un bálsamo inesperado si sabemos escucharlos sin quedarnos atrapados ahí.
Aprender algo nuevo, sea lo que sea: un idioma, un oficio, una técnica, una receta.
El conocimiento te expande, siempre.
Y la música…
Ah, la música.
Cuando nada fluye, cuando no hay ganas de empezar, cuando el mundo pesa…
ponete unos auriculares y busca esa melodía eterna.
No es magia: es neurobiología pura.
La música no cura, pero alivia, y cuando aliviana… te deja en condiciones de volver a empezar.
¿Cómo unir este rompecabezas enorme?
¿Cómo dejar de pedir confirmación todo el tiempo?
Capaz que la clave está en entender algo que asusta, pero libera:
el propósito es personal.
No se compra, no se hereda, no te lo dicta otro.
Lo construís vos, con tus aciertos, tus errores y tu historia.
Y sí:
capaz sea momento de intentarlo.
Nada va a ser inmediato.
Nada va a ser perfecto.
Pero todo empieza con una decisión mínima:
dejar de buscar afuera lo que solo puede nacer adentro.
Este Domingo, hablaremos de PROPOSITOS
Jorge - Estudio Once