












Antes, cuando perdíamos a un ser querido, el recuerdo quedaba en una caja de fotos en el ropero o en un reloj de herencia. Hoy, el duelo nos agarra con el celular en la mano. Las cuentas de Facebook o Instagram de las personas que partieron siguen ahí, congeladas en el tiempo.
A veces, la propia aplicación nos avisa: "Hoy es el cumpleaños de...". Y el corazón da un vuelco.
Las plataformas ya permiten configurar "contactos de legado", personas de confianza que pueden administrar o cerrar nuestra cuenta el día que faltemos.
Pero el fenómeno humano es más fuerte: miles de personas entran a los muros de sus amigos fallecidos a dejarles mensajes, a contarles cómo crecieron sus hijos, a decirles cuánto los extrañan.
Ese perfil de internet se transforma en un santuario moderno. La tecnología nos quitó mucho, pero también nos dio este espacio donde sentimos que, de alguna manera, las palabras les siguen llegando.