





12 de Septiembre: El gigante del romance







A nivel mundial, más de mil millones de personas conviven hoy con un trastorno de salud mental, según el último informe de la Organización Mundial de la Salud. En Uruguay, casi uno de cada diez adultos atraviesa ansiedad o depresión, y el país sostiene la tasa de suicidios más alta de América Latina. Pero detrás de cada cifra hay una historia, una familia y, muchas veces, una salida posible cuando alguien se anima a pedir ayuda o a ofrecerla.
Hay una frase que se repite en los consultorios y en las rondas de mate de cualquier barrio: "no es para tanto, ya se me va a pasar". La usamos con nosotros mismos y con los demás, casi como un reflejo. Y sin embargo, detrás de esa frase suele esconderse una carga que lleva meses, a veces años, sin nombre ni destinatario. Hablar de salud mental dejó de ser un tema de nicho hace tiempo. Es, lisa y llanamente, un tema de salud pública, de convivencia y de futuro.
Este artículo no pretende asustar con números ni ofrecer fórmulas mágicas. Busca poner sobre la mesa lo que dicen los datos, lo que ya funciona en otras partes del mundo y, sobre todo, a dónde puede acudir hoy mismo una persona en Uruguay que necesite una mano.
En setiembre de 2025 la Organización Mundial de la Salud publicó su informe más completo sobre el estado de la salud mental global en más de dos décadas. La cifra central resume el tamaño del problema: más de 1.000 millones de personas viven con algún trastorno mental, y la ansiedad y la depresión son, por lejos, los diagnósticos más frecuentes, tanto en mujeres como en varones, aunque ellas resultan afectadas de manera desproporcionada.
El informe también pone números al costo humano y económico de mirar para otro lado. La depresión y la ansiedad le cuestan a la economía mundial cerca de un billón de dólares al año, sobre todo por días de trabajo perdidos y productividad que no se recupera. Y sin embargo, los países siguen destinando apenas el 2% de sus presupuestos de salud a esta área, un porcentaje que no se mueve desde 2017. La brecha entre países ricos y pobres es abismal: mientras las naciones de altos ingresos invierten en promedio 65 dólares por persona en salud mental, las de bajos ingresos apenas llegan a 4 centavos.
Esa desigualdad se traduce en algo muy concreto: quién recibe atención y quién no. En los países de menores recursos, menos del 10% de las personas con psicosis accede a tratamiento; en los de mayores ingresos, esa cobertura supera el 50%. Y en 2021, último año con datos consolidados, se registraron alrededor de 727.000 muertes por suicidio en el mundo, una de las principales causas de muerte entre los jóvenes. Al ritmo actual de avance, la comunidad internacional llegará a 2030 con apenas un 12% de reducción, muy lejos de la meta del 33% que se había propuesto.
La OMS es clara en su conclusión: no alcanza con hablar del tema. Hacen falta más profesionales, más camas, más centros comunitarios y, sobre todo, sistemas de salud que dejen de tratar lo psicológico como un capítulo aparte de la salud física.
Hay otro dato de la OMS, previo a este informe pero igual de citado, que ayuda a entender por qué la salud mental pasó a ocupar el centro de la agenda sanitaria mundial: durante el primer año de la pandemia de covid-19, la prevalencia de ansiedad y depresión aumentó un 25% a nivel global, según publicó la propia organización junto con la Organización Panamericana de la Salud. No es un número que describa a Uruguay en particular ni al presente, sino un salto que se dio entre 2020 y 2021 en todo el planeta. Pero explica algo importante: buena parte del deterioro que hoy se mide en encuestas locales, incluidas las uruguayas, no arrancó de cero hace poco, sino que viene arrastrándose desde ese quiebre sanitario y social del que muchos países, Uruguay entre ellos, todavía no terminaron de recuperarse.
Si el panorama mundial preocupa, el uruguayo exige atención urgente. El propio Ministerio de Salud Pública presentó en 2025 un estudio de percepción realizado por la consultora CIFRA, con 803 personas encuestadas en todo el país, que retrata con bastante precisión el estado de ánimo colectivo. El 29% de los adultos uruguayos presenta síntomas de distrés o malestar psicológico significativo, medidos con la escala clínica GHQ-12, un porcentaje más alto entre mujeres, entre quienes viven en Montevideo y entre personas con menor nivel educativo formal. El 13% reconoce tener un problema de salud mental propio, y otro 13% dice tener un familiar directo atravesando uno. La depresión es la condición que la gente menciona primero cuando piensa en salud mental, y aparece con más frecuencia en mayores de 45 años, mientras que la ansiedad predomina entre los más jóvenes. Según coberturas periodísticas de ese mismo informe del MSP, la ansiedad explicaría cerca del 14% de las consultas médicas vinculadas a salud mental en el país, y los trastornos del humor —donde se agrupa la depresión— cerca del 32%, la proporción más alta de todas.
La brecha no es solo de información: es también geográfica. Montevideo cuenta con 18 psicólogos cada 10.000 habitantes, mientras que en departamentos como Rivera o Artigas esa cifra cae a menos de 5, y siete de cada diez centros de salud del interior no tienen psiquiatra disponible. Y aun con problemas identificados, menos de la mitad de quienes los reconocen termina consultando a un profesional.
El dato que más golpea es el del suicidio. Uruguay sostiene desde hace años la tasa más alta de América Latina, con 668 muertes registradas en 2025 —el 79% varones— y una tasa de 19,16 cada 100.000 habitantes, apenas superada en la región por Guyana y Surinam. Es más del doble del promedio continental, que la Organización Panamericana de la Salud ubica en 9,2 cada 100.000. Los hombres mayores de 80 años son el grupo con más muertes, mientras que las adolescentes de entre 15 y 19 años presentan las tasas más altas de intentos. La propia ministra de Salud Pública, Cristina Lustemberg, señaló su preocupación por el aumento de casos entre los 10 y los 14 años, una franja etaria en la que hace pocos años este tipo de datos era casi inexistente.
Hay otros números que ayudan a entender el clima social de fondo. El mismo estudio del MSP encontró que un tercio de los uruguayos siente falta de compañía de manera ocasional o frecuente, y que un 24% se ubica en el nivel más alto del índice de soledad, algo que las autoridades vinculan de forma directa con el aumento de cuadros de ansiedad y depresión entre los más jóvenes. El 67% de los uruguayos dice sentir temor por la inseguridad o la violencia, un malestar que erosiona el bienestar emocional de manera silenciosa. Y las personas que viven en situación de pobreza tienen un 50% más de riesgo de desarrollar trastornos mentales severos, según un estudio de la Universidad de la República: la salud mental, una vez más, no está desconectada de las condiciones materiales de vida.
No todo son cifras alarmantes. El consumo de alcohol en adolescentes cayó de 42% a 5% entre 1998 y 2024, después de que Uruguay adoptara elementos del llamado "modelo islandés" de prevención, basado en actividades deportivas, culturales y comunitarias para jóvenes. Y frente al deterioro detectado en la población joven, el Instituto Nacional de la Juventud (INJU) y UNICEF lanzaron la campaña "Compartir nos cuida", dentro de un programa más amplio llamado "Ni silencio ni tabú", orientada a que niños y adolescentes encuentren espacios para hablar de lo que sienten sin miedo a ser juzgados. Son señales de que, cuando hay política sostenida y participación comunitaria real, los indicadores más difíciles de mover sí pueden cambiar.
La ansiedad y el estrés no siempre se presentan como preocupación o angustia consciente. Muchas veces hablan a través del cuerpo: dolores de cabeza persistentes, tensión en la mandíbula o los hombros, problemas digestivos, insomnio o el efecto contrario, dormir de más sin descansar nunca. Cambios en el apetito, irritabilidad que aparece de la nada, dificultad para concentrarse en tareas simples, sensación de agotamiento incluso después de dormir ocho horas. Ninguno de estos signos, por separado, es motivo de alarma. Pero cuando se combinan y se sostienen en el tiempo, son una señal que merece atención, no minimización.
Lo mismo ocurre con la depresión, que rara vez se anuncia con la tristeza que muestran las películas. A veces se parece más al vacío que a la angustia: dejar de disfrutar cosas que antes gustaban, aislarse de amigos y familia sin una razón clara, sentir que cualquier esfuerzo cotidiano —bañarse, cocinar, responder un mensaje— pesa como si fuera una tarea enorme. Reconocer esto en uno mismo, o en alguien cercano, es el primer paso. El segundo, mucho más difícil culturalmente en Uruguay, es animarse a decirlo en voz alta.
Existe hoy un cuerpo de investigación sólido, con décadas de estudios clínicos, sobre técnicas de regulación del estrés que se pueden practicar sin costo y sin necesidad de equipamiento especial. No reemplazan un tratamiento cuando este es necesario, pero son herramientas reales, verificadas y usadas en programas de salud pública de todo el mundo.
Respiración diafragmática o respiración 4-7-8. Consiste en inhalar contando hasta cuatro, sostener el aire contando hasta siete y exhalar lentamente contando hasta ocho. Activa el sistema nervioso parasimpático, el que le indica al cuerpo que puede bajar la guardia, y reduce la frecuencia cardíaca en pocos minutos. Es la técnica más simple de las que existen y también una de las más estudiadas.
Mindfulness o atención plena. Popularizado por programas como el MBSR (reducción del estrés basado en mindfulness, desarrollado en la Universidad de Massachusetts en los años 70 y hoy aplicado en hospitales de decenas de países), consiste en entrenar la atención para observar pensamientos y sensaciones sin juzgarlos ni engancharse con ellos. Los metaanálisis disponibles muestran reducciones consistentes en síntomas de ansiedad y en la reactividad al estrés, sobre todo cuando la práctica se sostiene en el tiempo, aunque sean pocos minutos por día.
Relajación muscular progresiva. Desarrollada por el médico Edmund Jacobson, se trabaja tensando y luego soltando distintos grupos musculares del cuerpo, de los pies a la cabeza. Es especialmente útil para quienes sienten el estrés más en el cuerpo que en la mente, y se usa hace décadas en contextos clínicos.
Actividad física regular. No hace falta un gimnasio ni una rutina exigente: caminar 30 minutos, cuatro o cinco veces por semana, tiene un efecto comprobado sobre los síntomas depresivos y de ansiedad, comparable en algunos estudios al de ciertos tratamientos farmacológicos leves para cuadros moderados.
Higiene del sueño. Horarios regulares para acostarse y levantarse, reducir pantallas antes de dormir, evitar cafeína después de media tarde. Parece poco, pero el sueño es uno de los reguladores emocionales más potentes que tenemos, y su deterioro sostenido empeora cualquier otro síntoma.
Sostener vínculos, aunque cueste. Ninguna técnica de regulación individual reemplaza el efecto protector de sentirse acompañado. Compartir lo que a uno le pasa con una persona de confianza, aunque sea brevemente, reduce de forma medible los niveles de cortisol, la hormona asociada al estrés.
Ninguna de estas herramientas requiere pagar una consulta para empezar a probarlas. Pero cuando el malestar persiste, se intensifica o interfiere con la vida cotidiana, la conversación con un profesional deja de ser opcional.
Uruguay tiene una particularidad cultural que vale la pena mirar de frente: es un país de puertas para adentro, donde el malestar emocional se resuelve puertas adentro también. Esa reserva, que en otros contextos podría leerse como discreción, aquí muchas veces se convierte en aislamiento. El dato del 24% de la población con niveles altos de soledad no es menor, especialmente entre personas mayores que viven solas y jóvenes que, pese a estar hiperconectados, describen una sensación de desconexión real cada vez más frecuente.
Combatir la soledad no depende solo de la voluntad individual. Los espacios barriales, los clubes deportivos, las policlínicas comunitarias, los centros culturales y las actividades para adultos mayores cumplen un rol que ninguna aplicación de celular puede reemplazar. Cuando una comunidad sostiene espacios de encuentro real, presencial, sin necesidad de un motivo especial para participar, está haciendo prevención de salud mental, aunque nadie lo llame así.
El duelo, por su parte, sigue siendo un tema que se atraviesa mayormente en soledad en nuestra cultura. Perder a un ser querido —sea por muerte, separación o cualquier otra forma de pérdida significativa— no tiene un tiempo correcto para "superarse", y la presión social de "seguir adelante" rápido suele complicar más que ayudar. Grupos como Renacer, que acompaña a padres y madres que perdieron hijos, o los espacios de apoyo a sobrevivientes de suicidio, existen en Uruguay precisamente porque compartir el dolor con otros que atravesaron algo similar alivia de una manera que el consuelo bienintencionado de un desconocido no logra.
Es imposible hablar de salud mental sin hablar de las condiciones de vida. Los estudios uruguayos son contundentes: la pobreza multiplica por 1,5 el riesgo de desarrollar un trastorno mental severo, y los jóvenes de entre 15 y 24 años que crecen en hogares con carencias económicas tienen un riesgo de depresión hasta tres veces mayor que sus pares. No se trata de una debilidad de carácter ni de una falta de voluntad: la incertidumbre económica sostenida es, en sí misma, un factor de estrés crónico que el cuerpo y la mente pagan con el tiempo.
Para quienes atraviesan carencias económicas además de malestar emocional, es importante saber que buena parte de la atención pública en salud mental en Uruguay es gratuita. El Sistema Nacional Integrado de Salud, a través del decreto 305/011, garantiza sin costo intervenciones grupales de hasta 16 sesiones anuales para adultos que atraviesan situaciones de crisis, y contempla copagos reducidos para quienes necesitan psicoterapia individual o atención por consumo problemático de sustancias. A esto se suman los servicios de la Facultad de Psicología de la Udelar, completamente gratuitos, y una red creciente de policlínicas municipales y organizaciones civiles que no cobran por sus consultas.
Estas líneas y servicios son públicos, gratuitos y están disponibles hoy mismo.
Líneas de emergencia, las 24 horas, los 365 días del año:
Atención psicológica gratuita:
Grupos de apoyo y acompañamiento entre pares:
Para orientarse mejor: el portal de la campaña La Última Foto (laultimafoto.uy) reúne un directorio actualizado de servicios de ayuda en todo el país, y el sitio gub.uy/ministerio-salud-publica/salud-mental detalla las prestaciones a las que cualquier persona tiene derecho dentro del sistema de salud.
Ninguna de estas líneas exige explicar "lo suficientemente grave" que es la situación para llamar. Se puede llamar por una crisis puntual, por una racha de angustia sostenida, o simplemente porque no se sabe con quién hablar. Ese es, precisamente, el motivo por el que existen.
A nivel individual, hay gestos concretos que hacen diferencia real, aunque parezcan pequeños. Preguntarle a alguien "¿cómo estás, en serio?" y quedarse a escuchar la respuesta, sin apuro por resolverla. Animarse a decir "no estoy bien" sin agregar de inmediato "pero no es nada", que suele ser la forma en que minimizamos lo que sentimos antes de que el otro pueda reaccionar. Sostener rutinas simples —dormir horarios razonables, moverse, comer con algo de regularidad— incluso cuando todo empuja a abandonarlas, porque son la base sobre la que se apoya cualquier otro tipo de ayuda. Y, sobre todo, entender que pedir una consulta psicológica no es un signo de debilidad ni un lujo: es una forma de cuidado, igual que ir al médico por un dolor físico que no cede.
Frente a alguien que muestra señales de alarma —aislamiento repentino, cambios de humor extremos, referencias directas o indirectas a no querer seguir, entrega de objetos personales queridos, despedidas que suenan definitivas— la recomendación de quienes trabajan en prevención del suicidio es clara: preguntar directamente no aumenta el riesgo, todo lo contrario. Frases como "¿estás pensando en hacerte daño?" no plantan la idea, la sacan a la luz y permiten actuar. Acompañar a esa persona a llamar a una de las líneas mencionadas, o directamente a un servicio de urgencia, puede ser la diferencia entre una noche difícil y una tragedia.
Ningún esfuerzo individual alcanza si el entorno no acompaña. Los lugares de trabajo pueden construir climas donde hablar de agotamiento no sea motivo de sospecha sobre el compromiso de una persona. Las escuelas y liceos pueden sostener espacios de escucha reales para adolescentes, en un contexto donde la salud mental de los más jóvenes viene deteriorándose de forma sostenida. Los medios de comunicación, incluido este mismo espacio, tienen la responsabilidad de hablar del suicidio y del malestar psicológico con cuidado, sin dramatismo ni detalles innecesarios, siguiendo las recomendaciones de la OMS para el tratamiento periodístico de estos temas, que existen justamente para proteger a quienes atraviesan una situación de riesgo.
Y el Estado, con la Ley de Salud Mental 19.529 ya vigente desde 2017, tiene la tarea pendiente de llevarla del papel a la práctica cotidiana: más profesionales en el interior, más camas comunitarias, menos espera para una primera consulta. Campañas como "Compartir nos cuida" son un paso, pero solo funcionan si detrás hay servicios reales a los que esa conversación pueda derivar.
La salud mental de un país no se resuelve con una campaña ni con un artículo. Pero cada conversación que se anima a nombrar lo que antes se callaba, cada llamada a una línea de ayuda, cada persona que se acerca a preguntarle a otra "¿cómo estás realmente?", suma. Y en un tema donde el silencio ha costado vidas, sumar ya es empezar a cambiar algo.
Si vos o alguien que conoces está atravesando una crisis o tiene pensamientos de autolesión, comunícate ahora con la Línea de Prevención del Suicidio del MSP: 0800 0767 (fijo) o *0767 (celular), disponible las 24 horas.
Fuentes consultadas: Organización Mundial de la Salud (informe "Más de mil millones de personas viven con trastornos de salud mental", setiembre 2025, y comunicado OMS/OPS sobre el aumento del 25% en ansiedad y depresión durante el primer año de la pandemia, marzo 2022); Ministerio de Salud Pública de Uruguay (estudio de percepción sobre salud mental realizado por CIFRA, 2025); Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE); Universidad de la República; INJU y UNICEF Uruguay; Organización Panamericana de la Salud; Facultad de Psicología (Udelar); campaña La Última Foto