






12 de Septiembre: El gigante del romance






Se pueden inventar miles de tortas con nombres en inglés y cremas de colores, pero cuando se acerca la tarde del domingo y el mate empieza a pedir un acompañamiento, el alma sabe lo que quiere.
El aroma de una pasta frola cocinándose en el horno no es olor a comida; es olor a la casa de la abuela.
Hacerla en casa tiene su magia. Esa masa frola que se deshace en la boca, el membrillo derretido con un chorrito de agua caliente para que corra bien, y el ritual de armar las tiritas cruzadas por arriba (que a veces quedan desprolijas, pero ese es el verdadero encanto de lo casero).
Amasar una pasta frola un sábado de tarde no es cocinar, es decirle a los tuyos:"Acá está el hogar, sentémonos a compartir".
Si andas medio bajón, anda a comprar membrillo.
Te aseguro que la cocina cura.