El Papa, Artigas y un país que se miró al espejo

León XIV llegó a Uruguay el viernes para iniciar su primera gira por Sudamérica, y Montevideo vivió un día que, más allá de credos, dejó una pregunta dando vueltas: ¿qué hacemos con esto que nos mostramos a nosotros mismos?
Hace 7 horas Estudio Once Radio

Hola, ¿Cómo están?

Como siempre que algo me toca de cerca, les voy a hablar en primera persona. Ayer vi llegar al Papa a Montevideo, y aunque no soy alguien que viva pegado a la iglesia ni que necesite de ella para sostener su fe, les voy a confesar algo: me emocionó. Y me emocionó por motivos que no tienen tanto que ver con la religión como con el país.

Esta semana hablé con varias personas —amigos, clientes, gente con la que uno cruza dos palabras en el día a día— y me sorprendió algo. Más de una vez, al mencionar la llegada del Papa, me encontré con una respuesta parecida: "no creo en eso", "no entiendo por qué la iglesia tiene que gastar tanto en seguridad y en organizar todo esto".

No sé si esa distancia es real o si, en el fondo, es una forma de no querer meterse en un tema que para muchos quedó asociado a discusiones incómodas. Lo que sí les puedo decir es lo que vi yo, ayer, en la calle: filas de gente en la rambla, en Parque Rodó, en Plaza Independencia.

No hizo falta ser católico para salir. Y ahí quiero poner el foco, antes de entrar en la historia de quién es este hombre y qué representa su llegada: más allá de la fe de cada uno, ayer un jefe de Estado —porque eso es, también, el Papa: la cabeza de un Estado— recorrió nuestras calles sin vallas pesadas, con un papamóvil abierto, sin blindaje. Y nada pasó. Eso también es un mensaje, y habla de nosotros como país tanto como habla de él.

Vamos a la historia, que es larga y vale la pena conocerla bien.

Quién es el hombre detrás de León XIV

Robert Francis Prevost nació el 14 de setiembre de 1955 en Chicago, Estados Unidos, el menor de tres hermanos de una familia católica de clase trabajadora: su padre, veterano de la Marina en la Segunda Guerra Mundial, después fue maestro y director de escuela; su madre, bibliotecaria escolar.

Estudió matemática en la Universidad de Villanova, en Filadelfia, y en 1977 entró al noviciado de la Orden de San Agustín en San Luis. Se ordenó sacerdote en Roma en 1982, después de estudiar teología en Chicago y derecho canónico en la Angelicum romana, donde además hizo su doctorado.

Ahí empieza la parte de su historia que menos se conoce en Estados Unidos y que más pesa en Sudamérica: en 1985 viajó a Perú como misionero agustino, a la diócesis de Chulucanas. Volvió brevemente a su país y en 1988 se instaló en Trujillo, donde pasó más de una década formando sacerdotes, dando clases de derecho canónico y teología moral, y llegando a ser párroco.

No fue una visita de paso: vivió ahí, en el norte peruano, buena parte de catorce años. En 2014 el papa Francisco lo nombró obispo de Chiclayo, y al año siguiente, en 2015, Prevost se naturalizó peruano. Habla español, inglés, portugués, francés e italiano, y ese perfil —un hombre nacido en Chicago que se hizo ciudadano de un país latinoamericano y que vivió dos décadas en barrios populares del interior peruano— es, probablemente, la clave para entender buena parte de lo que dijo ayer en Montevideo.

Su carrera eclesiástica siguió subiendo: vicepresidente de la Conferencia Episcopal Peruana, y en 2023 el propio Francisco lo llamó a Roma como prefecto del Dicasterio para los Obispos, uno de los cargos de mayor peso dentro de la curia vaticana, y lo nombró cardenal. El 8 de mayo de 2025, tras la muerte de Francisco, el cónclave lo eligió como el papa número 267 de la Iglesia católica. Tomó el nombre de León XIV, convirtiéndose en el primer papa estadounidense de la historia y el primero perteneciente a la Orden de San Agustín.

El nombre no es un detalle menor. No se usaba desde 1903, cuando murió León XIII, el papa recordado por la encíclica Rerum Novarum, el primer gran documento de la Iglesia sobre los derechos de los trabajadores frente al capitalismo industrial. Elegir ese nombre fue, para buena parte de los analistas vaticanos, una señal explícita: este papado iba a poner el acento en la justicia social, en los más vulnerables y en la relación entre la Iglesia y el poder. Lo de ayer en Montevideo, en ese sentido, no fue una sorpresa. Fue una confirmación.

Un discurso que habló de Artigas para hablarle al poder

El viernes 6 de noviembre, poco antes de las 16.30, el avión de León XIV aterrizó en el aeropuerto de Carrasco.

Era la primera visita de un papa a Uruguay en 38 años: la última había sido la de Juan Pablo II, en 1988. Lo recibió el presidente Yamandú Orsi, con una frase que quedó: "Acaba de llegar usted y salió el sol". Dos niños le entregaron ramos de flores que representaban las banderas de Uruguay y del Vaticano.

Minutos después, recorrió la rambla y Parque Rodó en el papamóvil, saludó a los expresidentes Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle Herrera y Luis Lacalle Pou, y llegó hasta Plaza Independencia, donde un chico lo abrazó y le entregó una nota a mano —la escena más espontánea de toda la jornada—.

Ahí dio su primer discurso en el país, y fue, como lo definieron varios medios, más político que religioso en su construcción, aunque con un fondo profundamente moral.

Lo armó alrededor de la figura de José Gervasio Artigas, parado frente al monumento de Plaza Independencia que representa el éxodo del pueblo oriental de 1811. Citó una frase del propio Artigas, "Mi autoridad emana de vosotros", y la usó para hablarle directamente a quienes hoy ejercen el poder: dijo que la autoridad pública encuentra su sentido en servir al bien común, dentro del orden legal, respetando la libertad y la responsabilidad de cada persona.

No hace falta ser especialista en geopolítica para entender a quién le estaba hablando con eso: a los gobiernos de la región, empezando por el uruguayo, pero sin dirigirse a ninguno en particular. Es, probablemente, el tipo de mensaje que más debería hacer pensar a quienes manejan el Estado, más allá de si se sienten o no interpelados por la fe.

También habló, de forma indirecta, de temas que en Uruguay son ley desde hace años y que generan consenso social amplio pero no unánime: la interrupción del embarazo, despenalizada en 2012, y la muerte asistida, con ley vigente desde este 2026. Dijo que "quien todavía no ha nacido pertenece a la familia humana y al futuro de su pueblo", y pidió que las personas con enfermedades graves reciban cuidados, recursos y acompañamiento, porque "no deja de ser miembro pleno de la sociedad". Son palabras que, lógicamente, no todo el mundo comparte, y este artículo no busca tomar partido en esa discusión: la idea es contar lo que dijo y cómo lo dijo, no si hay que estar de acuerdo o no.

Habló también de la familia como el primer lugar donde una persona es recibida y aprende a convivir con otros.

Orsi, por su parte, agradeció el trabajo social histórico de la Iglesia y fue honesto en reconocer las deudas del país: habló de pobreza infantil pese a tener uno de los PBI per cápita más altos de la región, de salud mental juvenil y de soledad en personas mayores. Dijo que varios de los mensajes del Papa "nos obligan a reflexionar". Esa noche, León XIV recibió la llave de la ciudad de Montevideo.

Casavalle: el otro discurso, el que no necesita palabras

Hoy, sábado, la agenda cambia de escenario y de tono.

Por la mañana hay misa en Paysandú, a 370 kilómetros de la capital. Por la tarde, el Papa visita el barrio Casavalle, en el este de Montevideo, y después la Universidad Católica del Uruguay. A la noche, una vigilia de oración en el Estadio Centenario, con unas 60.000 personas esperadas.

Mañana domingo cierra con una misa en Florida antes de viajar a Argentina, primera escala de una gira de doce días que después lo llevará a Perú, el país donde vivió dos décadas como misionero y obispo, y que cierra así, de manera casi simbólica, el círculo de esta vuelta por Sudamérica.

De todo ese recorrido, la visita a Casavalle es, para mí, la que más peso tiene.

Casavalle es un barrio de unos 120.000 habitantes que creció sin planificación urbana, con calles sin vereda y con una convivencia marcada por la violencia asociada al narcotráfico: hoy se lo señala como uno de los barrios más complicados de Montevideo.

Ahí trabajan, hace años, curas y laicos que casi nadie conoce fuera de ese contexto: el padre Alejandro Korahais, al frente del Liceo Jubilar Juan Pablo II; el diácono Rogelio Pampillón; el padre Pablo, con sus centros juveniles para sacar chicos de la calle. Y también gente con más visibilidad pública, como el padre Juan Andrés "Gordo" Verde, conocido por su participación en Masterchef Celebrity (permítanme la ironía) pero que antes, y sobre todo, es un cura que hace trabajo social real en esos barrios.

El Papa va a visitar la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, el lugar donde la comunidad —católica y evangélica, conviviendo sin rivalidad, según contaron vecinos del barrio— recibe a la gente más golpeada por la falta de oportunidades.

No va a haber discurso político ahí, ni cita a próceres, ni referencias a leyes.

Va a haber, probablemente, mucho menos protocolo y mucha más gente mirando de cerca a alguien que, en teoría, podría estar en cualquier otro lugar del mundo y eligió, en su segundo día en el país, ir justamente ahí.

Lo que me llevo de estos dos días

Vuelvo a lo que les decía al principio. No hace falta compartir una fe para entender el valor de lo que pasó esta semana en Uruguay.

Más de 600 medios acreditados llegaron a cubrir esta visita, con periodistas de buena parte del mundo viajando en el mismo avión que el Papa. Eso significa que, por un rato, el mundo miró hacia acá.

Miró una rambla que hace mucho no se llenaba así, miró un país donde un jefe de Estado extranjero puede recorrer el centro de la ciudad sin vallas, sin un operativo de seguridad blindado, confiando en el respeto de la gente. Y lo vimos: ayer, a metros de donde pasaba una comitiva de decenas de autos, había gente en la arena de la playa que ni se movió, disfrutando de su tarde como cualquier otra.

Esa convivencia, esa libertad de hacer lo tuyo sin que el otro te lo imponga ni tengas que imponerle lo tuyo, es parte de lo que somos como uruguayos, se crea o no se crea en lo mismo.

Se puede discutir, y es válido discutir, cuánto cuesta organizar un operativo de esta magnitud y quién lo paga. Pero vale la pena compararlo con otros gastos que rara vez generan la misma indignación: espectáculos masivos de decenas de miles de personas, con cachés de artistas altísimos, pagados muchas veces con fondos públicos, que no despiertan ni la mitad de ese cuestionamiento.

No se trata de decir que una cosa vale más que la otra. Se trata de preguntarnos, con honestidad, si lo que pasó esta semana no terminó siendo, también, una forma de unir a un país que —como cualquier otro— tiene sus grietas, mostrando algo que casi nadie puede discutir: el respeto con el que recibimos a quien llega de afuera, y la libertad con la que convivimos los que pensamos distinto puertas adentro.

Y después está Casavalle. Ahí es donde esta visita, más allá de la fe de cada uno, tiene la oportunidad de dejar algo que realmente importe: visibilidad para un barrio que la mayoría del país prefiere no mirar, y reconocimiento para la gente que, en silencio, sin cámaras ni ornamentos, sostiene ese lugar todos los días.

No hace falta creer en nada para entender que dignificar a quienes trabajan ahí —y a quienes viven ahí— es, en sí mismo, un gesto que vale la pena destacar. Lo mismo para Paysandú y para Florida, que hoy y mañana también van a tener su lugar en esta gira, recordándonos que el país no es solo Montevideo.

Dirán lo que dirán sobre esta visita, sobre su costo, sobre si tiene sentido o no en un país donde la mayoría ya no se define por su relación con la Iglesia. Yo me quedo con otra cosa: con la imagen de un país que durante dos días se mostró al mundo, con sus contradicciones y con su fortaleza, y que demostró, una vez más, que acá se puede convivir sin que las diferencias se conviertan en grietas. Eso, crean o no crean, también es un mensaje que vale la pena escuchar.


Estudio Once Radio sigue de cerca la visita de León XIV a Uruguay, sin tomar partido religioso ni político, con el mismo compromiso de siempre: contar lo que pasa con fuentes verificadas y con respeto por todas las miradas.

Fuentes consultadas