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Hay nombres que un país entero aprende a pronunciar en medio de una crisis, y que después, cuando la crisis pasa, uno espera no tener que volver a escuchar en las noticias por un motivo triste. El de Gonzalo Moratorio fue uno de esos nombres. El jueves 5 de noviembre, a los 44 años, murió en Montevideo el virólogo que en 2020 ayudó a que Uruguay atravesara la pandemia de covid-19 con una de las respuestas más elogiadas del mundo. Lo hizo después de pelear, durante más de un año y medio, contra un glioblastoma, uno de los tumores cerebrales más agresivos que existen.
El gobierno decretó dos días de duelo nacional. Su cuerpo fue velado en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, el mismo lugar donde apenas seis meses antes había sido distinguido como "Héroe Contemporáneo del Bicentenario". Entre quienes se acercaron a despedirlo estuvieron el presidente Yamandú Orsi, la vicepresidenta Carolina Cosse, el expresidente Luis Lacalle Pou y el biólogo Rafael Radi, quien coordinó el GACH, el grupo de científicos que asesoró al país durante la pandemia. Todos, cada uno a su manera, dijeron lo mismo: que Uruguay le debía algo a este hombre que no era médico, pero que durante un tiempo cuidó la salud de todo un país desde un microscopio.
Gonzalo Moratorio nació en Montevideo en 1982. Antes de ser el rostro de la ciencia uruguaya durante la pandemia, combinaba su formación académica con el fútbol: jugó de forma amateur y llegó a dirigir un equipo de una liga universitaria. Es una de esas cosas que a veces no se cuentan en los obituarios, pero que lo pintan de cuerpo entero: era, además de investigador, un hincha de Nacional que no escondía su pasión.
Se recibió de licenciado en Ciencias Biológicas en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República entre 2001 y 2005, hizo allí mismo su maestría entre 2006 y 2008, y después construyó un doctorado en biología celular y molecular en conjunto entre el PEDECIBA y el Instituto Pasteur de Montevideo, con una etapa de investigación en la Universidad de California en San Francisco. De ahí viajó a París, donde pasó seis años, entre 2012 y 2018, haciendo un posdoctorado en virología molecular en el Instituto Pasteur.
Pudo haberse quedado en Europa o en Estados Unidos, donde la investigación científica suele tener mejores sueldos y más recursos. Eligió volver. Se instaló en Montevideo como director del Laboratorio de Evolución Experimental de Virus del Instituto Pasteur de Montevideo y como profesor en la Facultad de Ciencias, con una convicción que repitió muchas veces en entrevistas: que el conocimiento generado acá tenía que quedarse y servir acá.
El 13 de marzo de 2020 se confirmó el primer caso de covid-19 en Uruguay. En esas semanas, mientras buena parte del mundo discutía si alcanzaban los test disponibles, Moratorio y su equipo —junto a la viróloga Pilar Moreno, con quien trabajó codo a codo durante años— desarrollaron un test de PCR propio, antes de que China cerrara la exportación de los insumos que todo el mundo necesitaba. Ese test se aplicó gratis en todo el sistema de salud uruguayo. Durante buena parte de 2020, cerca de la mitad de los test que se hacían en el país salían de su laboratorio. En paralelo, formó a estudiantes de maestría y doctorado para montar una red de laboratorios en hospitales públicos de todo el territorio, de forma que la capacidad de testeo no dependiera de un solo lugar.
No se quedó solo en el trabajo técnico. Moratorio participó activamente en convencer a las autoridades de apostar por una estrategia de contención temprana, en un momento en que esa discusión definía vidas. El resultado, con matices y con un contexto regional muy distinto, fue que Uruguay cerró 2020 sin haber superado las mil muertes por covid, una cifra que lo ubicó como una referencia sanitaria a nivel mundial.
Ese trabajo no pasó desapercibido. A fines de 2020, la revista Nature lo incluyó entre los diez científicos más importantes del año en todo el planeta, el único latinoamericano de esa lista. De la noche a la mañana, un investigador que hasta entonces trabajaba puertas adentro de un laboratorio se convirtió en una de las caras más reconocibles de la ciencia uruguaya, con decenas de miles de personas siguiéndolo en redes sociales. Él mismo, en más de una entrevista de esos años, recordó algo que decía mucho de sus prioridades: seguía sin cobrar un peso extra por los más de 200 mil test que su equipo había procesado, y como profesor universitario ganaba un sueldo que rondaba los 1.600 euros mensuales, con colegas de rangos más jóvenes cobrando bastante menos y, muchas veces, con contratos temporales. Advirtió, con la misma franqueza, que no esperaba que la salida de la pandemia trajera automáticamente mejores condiciones para la ciencia en Uruguay.
El 23 de mayo de 2025, Gonzalo Moratorio llegó a una emergencia con mareos, dolor de cabeza y episodios de desconexión de lo que estaba haciendo. Los estudios encontraron un glioblastoma, uno de los tumores cerebrales más agresivos que se conocen en medicina. Tenía 43 años. Hacía apenas seis meses había sido padre de Abril, su primera hija, junto a su pareja, Natalia Ibáñez.
Lo que siguió fue un tratamiento largo y duro: cirugías, quimioterapia, radioterapia. En algún momento el tumor reapareció, y pasó a recibir inmunoterapia con un medicamento de alto costo que, en un primer momento, el Ministerio de Salud Pública se negó a cubrir. Un juez ordenó al Estado garantizarle el acceso al fármaco a través de un recurso de amparo; el ministerio apeló esa decisión citando criterios de equidad y justicia social frente a cientos de pacientes en situaciones similares. Es un debate real y doloroso —cómo un sistema de salud pública decide qué tratamientos de altísimo costo puede sostener, y para quién— que la historia de Moratorio puso, sin que él lo buscara, sobre la mesa pública.
Con la enfermedad avanzando, Moratorio y su entorno pusieron la mirada en una terapia experimental llamada CAR-T, que consiste en modificar genéticamente las propias células de defensa del paciente para que ataquen al tumor. Solo se realiza en Estados Unidos, Suiza o Japón, y su costo rondaba el millón de dólares. El Círculo Uruguayo de la Publicidad lanzó entonces la campaña "A Gonzalo le debemos una" para ayudar a reunir ese dinero, con una cuenta bancaria a nombre de Natalia Ibáñez y Gonzalo Moratorio y una colecta en Abitab abierta a cualquiera que quisiera aportar. Hubo, además, gestos como la subasta solidaria de una escultura del artista Pablo Atchugarry.
El 3 de julio de 2026, Moratorio y su amigo, el médico Fernando Montero, confirmaron que se había alcanzado la meta del millón de dólares. Viajó a Estados Unidos esa misma madrugada para empezar las evaluaciones previas al procedimiento. En ese momento, las tomografías mostraban un panorama alentador, aunque todavía quedaban células tumorales pequeñas y nadie hablaba de curación garantizada. Aun así, había esperanza real: los primeros ensayos de CAR-T en tumores similares habían mostrado reducciones de casi el 60%.
La terapia, finalmente, no llegó a realizarse.
Es el tramo más difícil de contar de esta historia, y también el más importante de nombrar con honestidad: después de meses de campaña, de una comunidad entera movilizada, de una meta económica cumplida, el tratamiento que podía darle más tiempo no se concretó. Las fuentes consultadas para este artículo no detallan los motivos clínicos exactos de esa decisión, algo frecuente y esperable en terapias experimentales de altísima complejidad, donde la evaluación médica final puede cambiar en cuestión de días. Lo que sí se sabe es que, desde ese momento, Moratorio continuó su tratamiento y siguió, hasta donde pudo, al frente de su trabajo.
Una de las partes más notables de esta historia es que Moratorio no dejó de hacer ciencia mientras enfrentaba su enfermedad. En 2024, antes del diagnóstico, había fundado junto a Pilar Moreno la empresa Guska, orientada a la investigación oncológica. Después de recibir su propio diagnóstico, la compañía reorientó buena parte de su foco hacia los tumores cerebrales, porque, como explicó Moreno, es uno de los campos donde menos tratamientos efectivos existen todavía. Guska fue seleccionada por el acelerador MassBio Drive de Boston y buscaba reunir ocho millones de dólares en inversión para seguir ese camino.
En una entrevista con BBC Mundo mientras atravesaba su propio tratamiento, Moratorio contó que seguía investigando sobre glioblastoma en paralelo a su enfermedad, y lo describió sin vueltas: "uno de los cánceres más difíciles que existen". Su última publicación pública fue igual de directa: "Vamos a resolver el problema de los cánceres en el cerebro. Estamos en eso." No lo dijo como una frase de efecto. Lo dijo como alguien que llevaba toda su vida adulta tratando problemas que parecían imposibles de resolver, uno a la vez.
En distintas entrevistas de este último año y medio, Moratorio volvió una y otra vez a un mismo deseo, el más simple y el más humano de todos: estar presente en la vida de Abril. Llegó a decirlo de forma explícita: "Tengo una hija de seis meses y prometí estar con ella cuando cumpla 15 años y bailar el vals." No habló desde la ingenuidad. En otra entrevista fue igual de claro respecto a su enfermedad: "Sé perfectamente contra qué estoy peleando, no lo vivo desde la ingenuidad." Sabía exactamente lo que enfrentaba. Y aun así, eligió poner como meta algo que estaba a quince años de distancia.
No llegó a ese vals. Murió cuando Abril tenía menos de un año.
En el cierre del velatorio en el Palacio Legislativo, Natalia Ibáñez tomó la palabra. Lo describió con una frase que resume mejor que cualquier titular quién era: "Hablar de Gonza es hablar de un ser de otro planeta." Habló de su sonrisa, de su capacidad para hacer reír a cualquiera, de que "vivía con una pasión difícil de describir". Y dijo algo que, para cualquiera que haya acompañado a alguien en una enfermedad así, pesa mucho: que había tenido "una muerte digna, rodeada de amor y de respeto".
Sobre Abril, eligió palabras que no suenan a consuelo fácil, sino a una promesa: aunque su hija no vaya a tenerlo físicamente a su lado, "lo va a encontrar siempre". Y después hizo algo que solo alguien que conoció de cerca las convicciones de Moratorio podía hacer: en vez de pedir algo para ella o para su familia, pidió algo para el país. Recordó que si él hubiera podido tomar la palabra ese día, la habría usado para hablar de ciencia. Dijo que quería reivindicar la ciencia uruguaya, "porque Gonza creía profundamente en ella", en el talento de sus investigadores y de sus jóvenes científicos, y en que el conocimiento tiene que estar al servicio de la sociedad. Cerró con una frase que quedó, de inmediato, como una síntesis de todo: "No dejemos de apostar por la ciencia uruguaya; sigamos valorando a nuestros investigadores. Invertir en conocimiento es invertir en nuestro futuro."
El presidente Yamandú Orsi escribió que "Uruguay le estará eternamente agradecido". La vicepresidenta Carolina Cosse resumió el sentimiento de mucha gente con dos palabras: "Qué injusto." Rafael Radi, que lo vio trabajar de cerca durante los meses más duros de la pandemia, lo despidió como a "un héroe contemporáneo", alguien "lleno de vida hasta el final". El Parlamento anunció que le rendirá un homenaje formal. Y clubes como Nacional, Peñarol y la propia AUF —el fútbol que tanto quiso— también se sumaron a despedirlo.
Es tentador cerrar una historia así con una frase sobre héroes y vacíos imposibles de llenar, y en parte es cierto: Uruguay pierde a uno de los científicos que más hizo, en el momento más difícil, por la salud de todos. Pero quizás lo más honesto es quedarse con lo que la propia Natalia Ibáñez eligió decir en el momento de más dolor: no un pedido de lástima, sino un pedido de que su trabajo siga teniendo sentido. Que se siga invirtiendo en ciencia. Que se siga confiando en los investigadores jóvenes que él mismo formó. Que lo que él hizo con una generación de estudiantes de maestría y doctorado durante la pandemia no se pierda.
Gonzalo Moratorio no llegó a bailar ese vals. Pero dejó, en Uruguay, miles de test gratuitos que cuidaron a una población entera, una generación de científicos formados por él, una empresa que sigue investigando tumores cerebrales, y una hija de un año que va a crecer escuchando, de mucha gente distinta, la misma historia: la de un padre que peleó hasta el final, con la misma pasión con la que peleó por su país.
Quizás ahí esté lo que de verdad podemos quedarnos nosotros, quienes lo conocimos solo de lejos, a través de una pantalla, en los meses en que más lo necesitamos: algo de esa fortaleza. No como una frase hecha, sino como un agradecimiento concreto a alguien que, hasta el final, siguió eligiendo pelear por los demás antes que por sí mismo.
Estudio Once Radio acompaña a la familia de Gonzalo Moratorio, a su pareja Natalia Ibáñez y a su hija Abril, y se suma al reconocimiento de todo un país hacia un científico que eligió, siempre, poner su conocimiento al servicio de los demás.