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Hablemos de magia en la cocina. Magia era lo que hacían nuestras madres y abuelas cuando abrían la heladera, veían que había poco, y de la nada te sacaban una fuente humeante de buñuelos de espinaca que te comías hasta quemarte los dedos.
Hoy que la primavera se está instalando y el cuerpo pide cosas más livianas, es el momento de volver a esta receta infalible.
Lavas bien la espinaca, la picas cruda chiquita. En un bol batís dos huevos, un chorrito de leche, sal, pimienta, y harina leudante hasta que te quede una pasta que no sea ni muy líquida ni un engrudo.
Metes la espinaca ahí adentro (y si tienes un pedacito de queso rallado, es un golazo).
Cuchara, sartén con aceite no muy caliente, y vuelta y vuelta.
En diez minutos tienes una comida sana, riquísima y que huele a infancia pura. La cocina sencilla siempre es el mejor refugio.