Nadie nos prometió un mañana: la urgencia de reparar a tiempo

Entre el dolor de las ausencias que duelen por primera vez y aquellas que llevan años en el pecho, este 2 de Noviembre nos invita a mirar la finitud de frente. Una reflexión clínica y humana sobre el peso de lo que dejamos sin decir, los rituales que sanan y la impostergable necesidad de cuidar los lazos mientras hay tiempo.
Hace 5 horas Estudio Once Radio

Hola, ¿cómo están?

Mirando hace unos días uno de los tantos canales de viajeros que últimamente me ha dado por seguir, escuché a alguien pronunciar una frase simple y certera: «Nadie nos prometió un mañana, acepta la vida como viene». Me quedó resonando en la cabeza y me vino bárbaro para hilarlo con una fecha tan cargada de sentido como la de hoy: 2 de noviembre.

Para muchos de ustedes será un año más para otros, tal vez sea el primer 2 de noviembre transitando el vacío de una silla que quedó desierta. El primer día de los difuntos sin un padre, una madre, un hermano, un amigo entrañable o —por qué no decirlo— sin esa mascota que fue familia y cuya partida todavía nos desacomoda la casa y el corazón.

Lejos estoy de meterme en debates metafísicos o religiosos. Qué pasa después, qué planos existen o quién queda en qué lugar son convicciones íntimas, profundamente respetables en cada uno de nosotros.

Pero como persona que está detrás de muchas historias que me llegan todos los días , sí quiero quedarme hoy al lado de los que están sufriendo. Al lado de quien siente que no puede asimilar el cambio, de quien necesita a esa persona de manera visceral o de quien carga con la pesadez de sentir que algo quedó roto, atragantado o sin sanar. Quizás vos, del otro lado de la pantalla, estés levantando la mano en silencio mientras lees esto.

Mirar las cosas desde afuera siempre es fácil entender el laberinto de la mente de cada uno frente a la pérdida es una tarea compleja. Sin embargo, eso no nos impide repetir una vez más una premisa que defendemos en el programa: reparen sus vínculos en vida.

En la psicología del duelo existe un concepto central que trabajamos mucho: los asuntos inconclusos. La investigación clínica demuestra de manera sistemática que el duelo no se vuelve desgarrador únicamente por la tristeza de la ausencia, sino por la culpa de lo que no se dijo, de lo que no se perdonó o de los lazos que dejamos quebrar por orgullo.

Me he cansado de escuchar a hijos, hermanos, amigos, padres y madres distanciados durante años por discusiones absurdas de las que ya ni siquiera recuerdan el origen. Otros se alejan arrastrando heridas reales, con la certeza dolorosa de no haberse sentido queridos, respetados o comprendidos o absorbidos por sus propias batallas cotidianas, creyendo que sus problemas individuales justifican postergar el afecto.

¿No será este el momento de frenar la marcha y revisar un poco el tablero?

Porque después, la biología dicta sentencia y el tiempo se termina. Y seamos honestos: una flor apoyada sobre una lápida fría o en un cantero que al otro día el viento y el agua lavan, no repara nada.

Es un gesto respetable, sí, pero llega tarde para el encuentro.

A ninguno de nosotros nos prometieron eternidad, aunque a veces vivamos con la soberbia de creer que sí. Nadie se va de este mundo con fecha avisada en el almanaque, y como solemos decir en el pueblo: ningún camión de mudanza va detrás de un coche fúnebre. No nos llevamos nada material, pero dejamos marcas profundas en los demás. Cuesta muchísimo trabajo psíquico reparar en la soledad del duelo lo que, con un poco de dignidad y valentía, pudimos al menos mitigar mirándonos a los ojos.

Vayan hoy a donde sientan que deban ir. Recuerden a los suyos, prendan una vela si les hace bien, preparen ese plato de comida que a ellos les encantaba y compartan una anécdota en la mesa. La psicología moderna nos enseña que el duelo no consiste en «olvidar» ni en «cerrar etapas» de manera tajante, sino en construir un vínculo continuo: aprender a darle al ser querido un lugar cálido en nuestra memoria para seguir caminando con su legado.

Pero, sobre todo, no se queden solo mirando hacia atrás. Vayan hoy a reparar los lazos con los que todavía están acá. No esperen a entender el peso de una despedida cuando la biología ya sea inexorable. Vivamos este tiempo brindando lo mejor de nosotros porque esa tranquilidad de conciencia será, el día de mañana, el refugio más justo y sano cuando nos toque elaborar una pérdida.

El mejor guion de nuestras vidas lo escribimos nosotros, los que pisamos el suelo todos los días. No lo olviden: aun en medio de nuestras creencias más profundas, el verdadero cambio, el perdón y el abrazo sanador tienen que salir hoy de nuestros propios labios.

Que estén todos muy bien.

Jorge — Estudio Once

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