No te preguntes "qué te pasa", preguntate "qué te pasó": El grito de auxilio que estamos tapando con pastillas.

- Salud

No te preguntes "qué te pasa", preguntate "qué te pasó": El grito de auxilio que estamos tapando con pastillas.
No te preguntes "qué te pasa", preguntate "qué te pasó": El grito de auxilio que estamos tapando con pastillas.

Vivimos en una época que nos exige rendir sin descanso. Cuando el cuerpo no aguanta más, la sociedad nos pone una etiqueta, nos medica y nos manda de vuelta al ruedo. Un análisis urgente sobre por qué debemos dejar de tratar a las personas como piezas rotas y empezar a escuchar sus historias.

Llegamos a la consulta médica arrastrando los pies. No dormimos bien, tenemos un nudo crónico en el estómago, la cabeza no para de dar vueltas y sentimos una angustia que no sabemos de dónde viene. Del otro lado del escritorio, luego de una charla de quince minutos, a menudo salimos con un diagnóstico rápido —depresión, ansiedad, estrés— y una receta con dos o tres psicofármacos.

El problema parece resuelto. Pero, ¿realmente lo está?

Recientemente, el Dr. Marín, una voz crítica y necesaria en el ámbito de la salud, puso sobre la mesa una verdad incómoda que la medicina moderna muchas veces prefiere esquivar:estamos psiquiatrizando la vida. Estamos agarrando el sufrimiento humano, el dolor, el agotamiento y el trauma, y lo estamos convirtiendo en "trastornos" individuales, tapando el verdadero origen del problema.

El peso de nuestro propio entorno
Solemos aislar el síntoma. Si a alguien le duele la cabeza, tratamos la cabeza. Si alguien está desconcentrado, lo medicamos para que atienda. Pero olvidamos algo fundamental: los seres humanos no somos piezas de un motor. Somos el resultado de nuestra biografía y de nuestro entorno.

Gran parte de lo que hoy llamamos "malestar psicológico" no es un fallo en nuestra química cerebral es una respuesta completamente lógica y adaptativa a un entorno que está enfermo. La presión constante por rendir en el trabajo, el estrés escolar, la desconexión con nuestros seres queridos, la exposición a noticias que nos llenan de miedo las 24 horas y hasta el consumo adictivo de las redes sociales nos están rompiendo.

Incluso nuestro tiempo de descanso está contaminado. El ocio se ha vuelto una fuente de estrés porque vivimos pendientes de cumplir con expectativas ajenas, sacando fotos para demostrar que la estamos pasando bien, en lugar de desconectar.

La inflamación del alma
Durante décadas nos dijeron que la depresión era simplemente una falta de serotonina. Sin embargo, la mirada clínica está cambiando. Hoy se sabe que cuadros de depresión severa podrían explicarse mejor desde un modelo inflamatorio. El estrés crónico, la falta de sueño (que debe ser siempre la prioridad número uno a evaluar), la mala alimentación llena de ultraprocesados y el sedentarismo inflaman nuestro cuerpo.

Pero lo más doloroso es el silencio. Las enfermedades crónicas y los síntomas psicológicos muchas veces hunden sus raíces en un trauma infantil o en un abuso que nunca se contó. Y la evidencia es clara: el silencio que guardamos sobre ese trauma termina siendo más destructivo y venenoso que el evento traumático en sí.

Por eso, como bien señala el periodista Johann Hari en su investigación sobre las conexiones perdidas, el sufrimiento emocional viene, en gran medida, de haber perdido nuestros vínculos más significativos. Nos hemos quedado solos rodeados de gente.

El cambio de pregunta que salva vidas
No tiene ningún sentido tratar a una persona, "curarla" químicamente y luego devolverla exactamente al mismo entorno tóxico que la enfermó en primer lugar.

La verdadera sanación, la que nos hace bien, no empieza con una pastilla. Empieza cuando cambiamos la pregunta que hacemos en los consultorios, en las casas y en las mesas de familia.

Tenemos que dejar de mirar al que sufre y preguntarle"¿Qué te pasa?". Esa pregunta busca un síntoma, busca una etiqueta.
Tenemos que empezar a mirarnos a los ojos, con paciencia y sin juzgar, y preguntar:"¿Qué te pasó?".

Ahi radica la diferencia entre sobrevivir y sanar. Entender la historia del otro. Darle valor al abrazo, a la contención y a la escucha. Dejemos de tratar a las personas como un conjunto de síntomas aislados y volvamos a tratarlas como historias completas que merecen ser escuchadas con respeto.

Cuidemos nuestras horas de sueño, hablemos de lo que nos duele, alejémonos de lo que nos intoxica y, sobre todo, no dejemos a nadie solo con su silencio.



(00:00–01:40) El Dr. Marín sostiene que el sueño debe evaluarse como una prioridad clínica, independientemente del motivo de consulta. Critica la medicalización excesiva, el uso de múltiples psicofármacos y afirma que tanto la farmacoterapia como la psicoterapia pueden producir efectos adversos. También cuestiona el valor clínico de las etiquetas diagnósticas (como "depresión"), argumentando que sirven más para clasificar que para comprender a la persona.

  • (01:41–05:40) Propone entender el sufrimiento desde una perspectiva biográfica y sistémica, en lugar de una relación lineal de causa-efecto. Señala que enfermedades crónicas, trauma relacional temprano, abuso infantil y síntomas psicológicos pueden ser distintas manifestaciones de un mismo proceso de sufrimiento. Destaca que el silencio sobre el trauma suele ser más dañino que el propio evento traumático.

  • (05:40–10:40) Afirma que gran parte del malestar psicológico proviene de factores sociales: presión por el rendimiento, agotamiento, desconexión interpersonal, estrés escolar y laboral. Plantea que algunos síntomas (como la desatención) pueden ser respuestas adaptativas a contextos disfuncionales, y advierte contra la tendencia a individualizar problemas que tienen raíces colectivas.

  • (10:40–18:30) Enumera factores que, según su exposición, favorecen el sufrimiento: privación de sueño, mala alimentación, ultraprocesados, determinados medicamentos, consumo excesivo de redes sociales y medios de comunicación, sedentarismo y exposición constante al miedo. Insiste en que el descanso es una intervención prioritaria y cuestiona el uso excesivo de algunos tratamientos farmacológicos, especialmente cuando existe polimedicación.

  • (18:30–25:50) Describe cómo el ocio también puede convertirse en una fuente de estrés cuando responde a expectativas sociales más que a necesidades personales. Relaciona la frustración postvacacional con expectativas irreales y recomienda el libro Lost Connections de Johann Hari, que explora cómo la pérdida de vínculos significativos influye en el sufrimiento emocional. Una reflexión similar aparece en un análisis reciente de Glasp, que destaca la importancia de comprender a la persona de forma integral y no solo a través de síntomas aislados. 

  • (25:50–33:50) Expone la hipótesis de que muchos cuadros depresivos podrían comprenderse mejor desde un modelo inflamatorio asociado al estrés crónico, en lugar del tradicional modelo basado exclusivamente en la serotonina. También enfatiza el papel de los determinantes sociales de la salud y sostiene que el objetivo terapéutico no debería limitarse a devolver a la persona al mismo entorno que contribuyó a su sufrimiento.

  • (33:50–42:30) Defiende la importancia de la salud perinatal, del vínculo madre-bebé y de comprender a cada paciente como una totalidad. Presenta el caso de "Dolores", una paciente con múltiples diagnósticos médicos y psicológicos, para ilustrar cómo la atención fragmentada puede impedir comprender la historia completa del sufrimiento.

  • (42:30–52:30) Propone sustituir la pregunta clínica "¿Qué te pasa?" por "¿Qué te ha pasado?", orientando la evaluación hacia la historia vital y los acontecimientos que preceden a la crisis. También critica la polimedicación y recuerda que la evidencia atribuye una parte importante del éxito terapéutico a la alianza terapéutica, más que a la técnica empleada. Asimismo, señala que la psicoterapia también puede producir resultados negativos en una minoría de pacientes.

  • (52:30–56:00) Concluye que el concepto de "salud mental" suele reducirse a diagnósticos y enfermedades, cuando debería centrarse en comprender el sufrimiento humano. Critica la "psiquiatrización de la vida", entendida como la tendencia a convertir experiencias humanas dolorosas en trastornos clínicos, e invita a los profesionales a priorizar la historia, el contexto y las relaciones sobre las etiquetas diagnósticas.


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