Hay una verdad biológica que todos firmamos al nacer, un contrato silencioso que raramente leemos hasta que se nos impone: la pérdida. El ciclo de la vida no es una metáfora poética, es una realidad orgánica y cruda que, sin embargo, nos encuentra casi siempre desarmados. ¿Cómo prepararnos para lo que sabemos que vendrá, pero para lo que el corazón nunca está listo? ¿Cómo entender que nuestra única defensa ante la pérdida es la calidad de nuestra presencia?