Ayer pasó otro 8 de marzo. Las calles de nuestra América Latina volvieron a llenarse de reclamos vitales contra la violencia, pero también, como ya es costumbre, de un ruido ensordecedor impulsado por radicalismos que dividen más de lo que sanan. En este 2026, es momento de una pausa adulta. La verdadera conquista de derechos no requiere de consignas extremistas ni de mujeres que deban disfrazar su identidad para encajar en colectivos ciegos. La igualdad real se construye con amor propio, coherencia y, sobre todas las cosas, educando a nuestros niños varones en la inteligencia emocional. Porque si no sanamos la raíz, seguiremos cortando las mismas malas hojas año tras año.